Eugenio Tironi Barrios

Hace unos meses vi en Madrid un monólogo basado en el célebre ensayo de Virginia Woolf, Una Habitación Propia. Casi un siglo después de escrito (1929), todo lo que dice nos suena familiar, pero lanzado en nuestra cara resulta estremecedor. Se trata, como se recordará, de  reflexiones surgidas ante la preparación de una conferencia que la autora ha sido invitada a dictar sobre “literatura femenina”. Su tesis es que la mujer, a lo largo de toda la historia, se ha tenido que ocupar de la reproducción biológica y material de la especie, lo que la ha privado de participar de esos atributos imputados al hombre, como la épica, la poesía, la elevación, la razón, el pensamiento científico. No es raro, entonces, que las mujeres hayan sido escasas en la música, en la ciencia, en la poesía, en la política. No es porque tenga una desventaja natural: es que esos dominios han estado históricamente reservados para los hombres, mientras las mujeres tenían y criaban a los hijos, limpiaban la casa, cocinaban y fregaban la ropa.

¿Donde está la hermana de Shakespeare?, se pregunta Woolf en su soliloquio. ¿En qué quedó su talento, que seguramente eran igual al de su hermano? Se esfumó, se responde ella misma; se esfumó porque era mujer, y como tal no tuvo las oportunidades de su hermano. De su suerte, por lo mismo, nunca mas se supo. “Me atrevería a aventurar —dice Woolf— que Anónimo, que tantas obras escribió sin firmar, era a menudo una mujer”.

Por siglos las mujeres no han tenido control sobre su cuerpo, han carecido de patrimonio, han padecido la falta de educación, han sido excluidas del poder y del voto. “Las mujeres —dice Woolf— han servido todos estos siglos de espejos que poseían el poder mágico y delicioso de reflejar la figura de un hombre el doble de su tamaño natural”. Dicho de otro modo, los hombres no serían lo que son, no reflejarían la potencia que reflejan, y no habrían impuesto sus valores sobre el mundo como lo han hecho, sin el dominio que han ejercido sobre la mujer. Ellos han crecido a costa de minimizar la imagen de la mujer.

¿Cómo escapar de esta situación? Es buscando responder a ello que surge la frase icónica de Woolf: “para escribir una novela, una mujer tiene que tener un cuarto propio y comida caliente”. Aquí está sintetizado su planteamiento. Lo que necesita la mujer no es nada espectacular, nada dramático, nada épico ni poético: necesita dormir bien, comer bien, descansar bien; necesita disponer de su propio cuerpo y de su propio patrimonio; necesita que se le respete su dignidad y su tiempo. Si tiene todo esto, lo demás vendrá por añadidura: la libertad de especular y crear, la oportunidad de pensar y razonar, el acceso al poder y la influencia.

Al final de su texto Woolf de pronto comienza una perorata abstracta, conceptual, ampulosa. De pronto se detiene y dice algo así: este discurso es para otros, para ellos, para los hombres. No hay problema con esto: están en su derecho; pero ese tipo de retórica no vale para las mujeres. O mejor dicho lo suyo no es la retórica, es la materialidad; es la libertad que nace de la independencia económica, del respeto, del trato igualitario.

Sin necesidad de declararlo, el movimiento feminista que ha estallado en los últimos meses en Chile está profundamente anclado en la postura de Woolf, y esto es lo que lo vuelve a mis ojos tan fascinante. No se trata —como en otras épocas del feminismo— de una interpelación al “sistema”, a las “estructuras”, a los “protocolos”, al “marco institucional”, en fin, a todo eso que a los hombres se nos da tan bien. Se trata esta vez de una interpelación a la base material, a los cimientos en que se basa la relación entre hombres y mujeres en la familia y el trabajo, en la escuela y la universidad, en la pareja y en la calle, en la política y la empresa. Lo cual significa que ya no hay excusas para postergar la igualdad que exigen las mujeres: los cambios deben venir ahora, porque están en nuestras manos.

¿Será desgarrador? Para los hombres, seguro lo será. Nosotros también somos prisioneros de un estereotipo que ahora nos vemos obligados a revisar; un estereotipo que nos permite ocupar una posición dominante, si, pero al mismo tiempo nos empuja a ser racionales, recios, asertivos, proveedores. El movimiento feminista no apunta entonces solamente a emancipar a las mujeres, sino también a modificar la noción que los hombres tenemos de nosotros mismos. Será doloroso, provocará resistencias, pero el proceso en marcha no se va a detener, y el mismo nos hará más libres, a mujeres y a hombres por igual…

Eugenio Tironi Barrios
Sociólogo

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Enero 2, 2020

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