Tokio, el mapa particular
(un recorrido por el Tokio de los libros)
María José Ferrada
(Fotografía de Rodrigo Marín)

Existen diferentes tipos de mapas para recorrer Tokio. El más común y posiblemente también el más práctico, pensando en que son pocos los extranjeros que hablan japonés, es el de que aparece en cualquier guía de viajes. Barrios (Shibuya suele encabezar el listado), museos (para los amantes del grabado japonés nada como el Museo Ota) y comidas (si decide  arriesgarse a comer sashimi de fugu y no quieres morir envenado debe chequear que el cocinero tenga el certificado correspondiente. El listado temático de los imperdibles es preciso y claro.

Pero existe un segundo tipo de mapa, que es el que cierto tipo de viajero dibuja a su medida. No hay uno igual a otro y el dibujo puede tomar años.

Matsuo Bashō: parque Rikugien

En el viejo estanque/ se zambulle una rana/ ruido de agua. Este fue el primer haiku que leyó en su vida. Y más de tres siglos de distancia pasaron entre que Matsuo Bashō lo escribiera y la anatología de poesía japonesa que lo contenía llegara a las manos del viajero. Breves poemas, escritos originalmente en versos de cinco, siete y cinco sílabas, dedicados a la naturaleza y sus cambios estacionales, de los que Japón es un observatorio privilegiado, son el resumen del que sea tal vez continúe siendo uno de los pilares de la cultura japonesa: la fuerte relación con el entorno natural, que se intenta mantener incluso en medio de la gran metrópolis.

Es por esos poemas que ha marcado el barrio Tokiwa de la perfectura de Kōtō, como una de las capitales de su Japón particular. Ahí, en el lugar donde se cree que estuvo una de las chozas de este poeta que creía que para escribir verdadera poesía era necesario conocer el hambre y el frío, se encuentra el Museo Conmemorativo Bashō. Fotografías de los lugares que recorrió el poeta, objetos que lo recuerdan, rollos que cuelgan de la pared y una rana de piedra descubierta en 1917 tras un gran tsunami –tal vez la del poema­­­– es todo lo que ofrece el museo a alguien que, como la mayoría de los turistas, es incapaz de descifrar los tres alfabetos –hiragana, katakana y kanji­– que utilizan los japoneses en su escritura cotidiana.

Antes de dar su visita por terminada, el viajero se detiene frente a la estatua del poeta que mira hacia el río Sumida, uno de los tantos que atraviesan la que siglos atrás fuera conocida como Ciudad del Agua. Y es entonces cuando un anciano japonés lo interrumpe, tal vez con la intención de practicar el español que aprendió en alguno de los cursos que ofrecen los centros culturales de las distintas perfecturas –majime quiere decir “trabajar con seriedad” y es un término que los japoneses aplican a todos los ámbitos de la vida, también a los pasatiempos – Vaya a los jardines, le dice. Si quiere ver a Matsuo Basho vaya a los jardines, insiste.

La red de transporte de Tokio, con sus 13 líneas y sus 274 estaciones de metro, a las que se suman una red de trenes urbanos y suburbanos, es especialmente eficiente, así que media hora más tarde se encuentra ahí, mirando los arces de uno de los jardines más imponenetes de Tokio: el Rikugien, cuyo nombre significa literalmente “seis poemas”. Ubicado en el distrito de Bunkyo, este espacio natural fue diseñado por un señor feudal, amante de la poesía japonesa, a inicios del siglo diecieocho. Y el parque es eso, una serie de escenarios naturales inspirados en 88 poemas clásicos.

Arroyos, colinas que recrean montañas, senderos, puentes, arces, ginkgos, cerezos y azaleas: en el parque Rikugien es posible caminar por el interior de esa antología que alguna vez llegó a sus manos.

Sopla el viento/ mariposa cambia de lugar/ en el sauce, dice Matsuo Bashō en otro de sus haikus. Y el viajero olvida que se encuentra en el corazón de una de las capitales más grandes del planeta, olvida su mapa y hasta olvida el motivo de su viaje.

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Julio 3, 2020

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